Entradas de Febrero 2009
Cuando el otro día hice un decálogo para la redacción integrada (formada por nativos y extranjeros de internet), alguien me hizo ver la trampa de repetir conceptos para que me salieran precisamente diez. Yo me defendí, con cierta base, explicando que era también un recurso estilístico y bla, bla, bla…
Ahora puedo sacar un poco la patita y añadir este otro. Y no es que sea menos importante, menos crucial, o que no se me hubiera ocurrido nunca. Probablemente lo que sucedió es que no pensé que fuera necesario ponerlo por escrito, precisamente por lo importante que es. Como si alguien apuntara también que olvidé añadir la necesidad de contar con mesas y sillas en una redacción integrada.
Y sin embargo, ocurre que lo obvio es muchas veces fundamental y que lo fundamental muchas veces se obvia… así que añadamos entonces un nuevo punto al decálogo, por redundante que parezca:
10 (bis). Tengan a un equipo de gente pensando, analizando, navegando, probando. Tan fundamental como la última hora de la actualidad es estar a la última en lo que ocurre en Internet y a la última de lo que se ofrece en la red: herramientas, nuevas páginas, nuevos productos, nuevas formas de comunicación. Experimenten, prueben, lancen, equivóquense… es decir pongan un laboratorio de internet en su redacción integrada. No por obvio es menos fundamental.
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La idea es integrar dos redacciones en una. La idea es buenísima y necesaria y sólo tiene un problema: es titánica.
Por un lado tenemos a unos redactores 1.0 cabreados: los nativos digitales han venido a invadir su plácido mundo. Y por otro lado tenemos a otro grupo de redactores, esta vez 2.0, también cabreados: se sienten de segunda clase. Todo el mundo está cabreado en principio. Unos asustados además porque ven peligrar cosas como sus puestos de trabajo y otros impotentes porque saben qué quieren hacer pero no les dejan. Cabreados, asustados, impotentes… menudo panorama.
¿Qué hacer? Desde esta poltrona uno sólo puede aportar visiones y experiencia, así que, por si a alguien le sirve, regalo una serie de recomendaciones en un listado (si me saliera un decálogo sería la leche), de esos que están de moda por aquí. De nada.
- Olvídense de etiquetas. Ni 1.0, ni 2.0; ni digital ni papel, lisa y llanamente periodistas.
- Intenten hacer comprender a todos que no se trata de trabajar más, sino diferente.
- Pongan como prioridad cursos de formación. Para los no nativos cursos de nuevas tecnologías, y para los nativos cursos de periodismo de calle, de edición, de ortografía, de cómo ganarse a las fuentes… Y alegren esa cara. No les costará un duro porque los cursos se lo darán unos a otros. (De nada otra vez)
- No hagan guetos en la redacción. Todos juntos. Todos van a hacer lo mismo. Insisto: periodismo.
- No planteen cuestiones como quién escribe para el papel, quién para la edición digital. Todos para todo. Y que además no se duerman, que cambien de medio a menudo. Será divertido.
- Estudien desde ya qué tipo de informaciones deberían ir en papel y cuáles no. Esto puede ser lo más difícil. Pero la buena noticia es que nadie lo tiene claro, así que prueben…
- Potencien la información propia y no sobrevaloren la última hora. El contenido es lo que les hará diferentes.
- Ponderen siempre si las nuevas formas de periodismo son interesantes por sí mismas, no por ser nuevas.
- Recuerden que internet es un gran invento, pero el papel también.
- ¿He dicho ya que se dediquen todos a hacer periodismo?
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Uno de los grandes problemas con el que se van a encontrar los gestores de las empresas que quieran integrar redacción web y redacción papel es la resistencia al cambio por parte de los periodistas 1.0. No creo estar muy lejos de acertar si digo que sería probablemente “el gran problema”.
En general los cambios suelen asustar a la gente. Es lógico. No me voy a poner aquí a hablar de este hecho psico-fisiológico en el ser humano. Ya hay otros que lo hacen mejor y con más fundamento. Y aunque a mí me extrañe mucho que alguien se ponga a despotricar contra la máquina que, de hecho, le hace más fácil su trabajo, no voy a moralizar sobre el tema porque aunque sí sospechas, no tengo pruebas de que mis colegas estén sistemáticamente en contra de los cambios. Al menos no más de lo que están otros profesionales; y como tengo una irrefrenable tendencia a ceñirme invariablemente a los hechos no voy, decía, a hacer especulaciones.
Convengamos simplemente que al periodista no le gustan los cambios. Tiene su mundo perfectamente delimitado. Todas sus herramientas conocidas, agarrados al maquinazo como dice la Poniatowska y perfectamente ajustadas las coordenadas para ir a piñón fijo. No mal. Digo a piñón fijo. Y si ya te está yendo bien así, para qué cambiar.
Pero hete aquí que sí. Que hay que cambiar. Que de repente vienen unos chavalitos con las historias estas de internet, los blogs, twitter, facebook… Y al principio son un grupito que está ahí en un rincón de la redacción y que piden cosas muy raras. Como que les des información ipso facto, cuando a ti todavía te quedan varias horas para el cierre o hasta las 14.00 no entras en antena.
Al principio incluso te hacen gracia esos chavales porque los tuviste de becarios en tu sección. Pero luego te empiezan a inflar las pelotas porque las órdenes vienen de arriba: hay que hacerles caso, o sea, piensas que tienes que trabajar más o, simplemente, cambiar tu rutina. Y no siempre es una cuestión de pereza, que también, sino de pura xenofobia. Te toca las narices que tu paisaje cambie.
Y ahí empieza el lío, o parte de él. Porque no es que haya cambiado el paisaje. Es que o los marcianos han invadido la tierra o tú mismo ya estás en otro planeta. Y sin escafandra.
(Continuará)
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